Guardianes que dibujan puentes entre culturas...







Escribir es traducir; traducir es escribir

(por Alicia Zorrilla, Presidenta y Directora Académica de la Fundación LITTERAE)

Como estos no son tiempos de poesía porque así lo quieren muchos hombres que no ven más que la tierra convertida en trivial materia; el cielo, en una nota a pie de página, y que no se atreven a sacudir de sí la indolencia, hemos recurrido a la poesía —no nos resignamos a olvidarla— para interpretar desde su altura dos momentos de secreta y gozosa intimidad: escribir y traducir. Escribir es traducir; traducir es escribir. Todas las palabras nos dicen cuando las decimos. Todas las palabras aspiran a alcanzar el estado de gracia de la obra de arte.

Escribir
significa consagrarse a la esperanza; entregar a los demás, con el corazón asombrado, el silencio gozoso que vive el alma en un tiempo sin relojes, más allá de la fatigosa nostalgia; en un instante sagrado que convoca la alegre pequeñez de un recuerdo, el adiós inolvidable de una tarde sin sombras verdaderas o un rostro inmemorial que se reconstruye para seguir siendo. "Los misterios son de la esperanza", murmura Fernando Pessoa detrás del jardín de su escritura. Y Jean Guitton parece contestarle: "Hay que permanecer fiel a la esperanza...", pues "si desfallece la esperanza, el presente cae en la melancolía".

Escribir significa amanecer para que se disipe la niebla vacía, y los ángeles tengan un lugar para sus alas. Cada palabra es una hazaña solitaria, plural como el universo, que le devuelve al aire el regocijo de tener todo el espacio para celebrar con coraje la aventura de su vuelo. Cada palabra, un sendero, una ruta, un camino para llegar al hombre y multiplicarlo por todos los hombres. Cada palabra, la vida; una vida sin máscaras, que es cósmica en el verdor de una hoja, en la tristeza del globo que pierde al niño que lo ama; una vida que no siempre juega tímida a la rayuela envuelta en el esplendor de la verdad.

Escribir significa amanecer con las manos agradecidas y en paz, para que el hombre sepa florecer sin cadenas y pueda convivir con la belleza.

Escribir es no ser el de antes; penetrar otra dimensión, casi religiosa, para que las palabras prediquen como semillas sus profecías. "Larga repercusión tienen las palabras", murmura Jorge Luis Borges desde el fervor de su escritura.

Traducir, en cambio, es ser libremente cautivos para comunicar cómo cada idioma siente el universo, cómo recorre otros adentros para revelar la sed de esa tierra espiritual que engendra el texto; traducir es ser, en el silencio, la voz de otra música y llegar a la cumbre de otro viento sin pausa, siempre sin pausa, para celebrar con otras palabras el alba primordial de las estrellas y hacer sentir hondamente el temblor de la piedra en el corazón de las estatuas.

Traducir es conducir a otra orilla después de haber penetrado el mar arduamente, porque todos los pasos cuestan cuando no se quiere desvirtuar el secreto de la creación.

Traducir significa revelar otra pasión con la propia; cuidar con celo la palabra original para que encuentre su ambiente en el otro idioma y diga lo mismo sin decir lo mismo, y haga visible lo que permanece oculto.

Escribir
y traducir. En ambos verbos, ocho letras: perfecta simetría. El eje es el arte que los deja mirarse en el mismo espejo, desnudarse a la luz de la misma lumbre, en un delicado juego de afinidades. Dos momentos de un mismo rito, de la ceremonia de decir el mundo y de volver a decirlo. Escribir y volver a escribir para que se cumpla la misión borgesiana de "cambiar en palabras nuestra vida".

Escribir porque duelen las palabras, porque la felicidad existe, es posible.

Traducir para compartir ese dolor y esa exultación.

Escribir para que el papel sienta el temblor de la historia.

Traducir para recuperar las realidades de esa historia y entregarlas sublimadas; para que la ternura de la letra alcance la discreción de la virtud.

Escribir para poetizar la ética, para ser entero en cada voz.

Traducir
para consagrar el tiempo de la otra escritura a la transparencia de una mañana nueva constelada de pájaros en éxtasis. Entonces, como dice Octavio Paz desde su palabra encendida, "todo es inacabable nacimiento".

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